Lidercitos

Vienen, como caídos de un guindo, y poco a poco se les va subiendo a los ojos esa mirada astuta de mero cálculo y palabras con dobleces. Poco a poco van aprendiendo los regates personales, la fórmula imprecisa y la teoría abstracta carente de significado. Hacen discursos que no asimilan en su fondo, se modulan la voz en cursillos apresurados de la cosa e, incluso, inflan la vanidad hasta límites insospechados.

Son los lidercitos al uso, incluso utilizando siglas para el propio beneficio, e intentando intercambiar personas; cómo si de cromos se tratasen. No les importa el resultado electoral que la población les da en las urnas; ni el examen que de ellos hacen con el voto, interpretando su mala gestión de cuando han podido gobernar. Ellos insisten desde su particularidad intocable, ciega ya de poder y egocentrismo.

Son los lidercitos rodeados de palmeros, militando en la lealtad perruna de sus propios intereses, por donde no penetra el aíre fresco y constructivo de la realidad que acontece. Y se siguen mirando el ombligo muy presumidos, con esa altanería que a veces destila la mediocridad a raudales, causando vergüenza ajena desde los comportamientos tan obscenos.

Han perdido definitivamente el norte; y la capacidad de auto reflexión que ha quitado del mapa la propia dictadura de las prisas. Se encantan a sí mismos y buscan aduladores que les aplaudan sus opciones; ya sean o no las más propicias, puesto que el fin en si mismo, justifica los medios de mantenerse apesebrados; allí donde el calor tiene más temperatura y la patente realidad, por olvidada, es más ajena.

No soportan una opinión contraria a la suya que, desde una metafísica entrecomillada, se ha erigido en la única opinión respetable desde sus corazones tan demócratas. Hacen lo que no dicen y dicen lo que no hacen, siendo unos perfectos actores en un mundo que se va construyendo a la medida de los más equilibristas. Se pasan por el forro el respeto a la memoria de unas ideas que han costado vida, cárceles y mucho sufrimientos; aunque desde la tranquilidad de sus panzas burocráticas, nos quieren hacer creer que siguen defendiendo los mismos valores. Y no es cierto, porque ese significado profundo de las ideas llevadas a la práctica, sencillamente han de estar asimiladas en las entrañas: militancia del propio sentir, con corazón, que apela a la complicidad de mucha más gente que se ve identificada.

Olvidan muy a menudo que viven de lo que pregonan, dejando al margen a los que tan solo llevan la ilusión como bandera y múltiples utopías en la maleta, con la que hace tiempo van recorriendo su silencioso camino; pero que no se ganan el pan con esas ilusiones tan limpias e inquebrantables, lo cual es una notable diferencia moral que a menudo se olvida. Y hacen escuela para seguir perpetrando el seguidismo de la plantilla a tiempo completo de los más secuaces, los cuales suelen doblar la cerviz de una manera casi autómata. Vencen, pero no convencen, desde el voto cautivo de la afiliación de amigos, familiares y los últimos pescados a ras de calle, motivados por el ansia viva del poder que ya les corroe, dejando en la estacada cualquier ápice de crítica constructiva o amable consejo. Viajan por los círculos viciosos de sus propias estructuras, ajenos a la realidad más palpable de la que hace tiempo dejaron de formar parte, endilgándonos unos discursos copiados y leídos, porque para memorizarlos antes hay que pasarlos por el tamiz del asimilarlos desde las más hondas creencias.

Se han postulado como los adalides de la defensa de tus ilusiones y las mías, pero están lejos de la pedagogía cívica y constructiva que los ciudadanos y ciudadanas necesitamos. Han pasado de mentirnos a nosotros, a mentirse hasta a ellos mismos, con ese comportamiento que ya se emborracha de la patología del engaño. Algunos no nos representan, aunque nos digan desde sus trincheras en sombra que son de los nuestros, porque no tienen el coraje de sentir como nosotros, ni abordar un comportamiento con coherencia que sea el mismo delante de los focos que en la intimidad de sus propias conciencias. Y por eso hay que ponerle cara a esta camada de lidercitos aprovechados que últimamente nos están rodeando y riéndose, literalmente, de nosotros, para actuar en defensa propia y porque la dignidad de cada persona es el terreno más sagrado que se configura desde la patria humana del respeto.

Sencillamente llevan una senda oscura que no es el camino a recorrer de nuestro viaje. Nosotros vamos recorriendo el siglo que nos ha tocado vivir, buscando a toda costa una sociedad mucha más justa para todos, con la defensa a ultranza de la libertad como no dominación, y para ello es necesario muchos menos lidercitos, ninguna astucia reventona de malicia y más política con mayúsculas.

¡Esos si que son de los nuestros y en el mismo camino nos encontraremos!

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