
Yo quiero a mi partido; así, sencillamente. Y lo quiero desde la militancia más modesta y activa, apoyando en todo momento las políticas que, entiendo, son buenas para todos y, por tanto, llevan la intención de hacer progresar a nuestro país. Una militancia, por qué no decirlo, que se sirve de dos herramientas fundamentales como son, la discreción y la lealtad, para intentar colaborar en un sueño común de progreso y mejora de la calidad de vida de las personas. Tal vez, incluso, lo lleve todo hasta una ideología tendente al romanticismo pero, en cualquier caso, ese es mi propio problema; si es que ello es un problema.
También es verdad que dentro de éstos ámbitos, a veces te encuentras; desde el diputado europeo que amablemente te muestra las galeradas de su último libro para que le eches un vistazo, pasando por la persona anónima que deja tiempo y vida en cualquier actividad que se le encomiende, hasta el palmero de turno que imbuido de su pequeña realidad particular, practica el arte de medrar que, como bien es sabido, consiste en husmear alrededor del poder para beneficio propio, olvidando de manera desvergonzada el interés de todos. ¡De todo hay en la viña del señor, como se suele decir!.
Por eso me duele enormemente leer juicios de valor precipitados con respecto a algunas políticas, incluso llevando la intención hacia la descalificación y el insulto, por lo que deja de existir la labor de crítica constructiva al respecto y, por lo tanto, tan sólo entra en juego la peligrosa fórmula de la malicia. Me duele, también, la hipocresía de personas que se erigen en portadores de la verdad absoluta, o moralistas que parecen cuidar del bien de la gente, cuando el trasfondo de dichas intenciones, como siempre, es una vuelta de tuerca más para regodearse en su vanidad infinita, incapaces de practicar la empatía y, mucho menos, el espíritu colaborativo que tanto suelen predicar. La colaboración es otra cosa.
Me duele que, algunos de quienes se llenan la boca de predicar sobre las redes sociales; no sé si subvencionados, o pagando conferencias y viajes de su propio bolsillo, no sean capaces de mostrar al grueso del público; no ya sus propios medios que, como vemos, son muchos, sino sus fines, que no son otros que hacer siempre caja para sus empresas, ensanchar su ombligo desmedido y, en este plan. Me duele la altanería, la nula capacidad de reflexión somera, la vanidad, la hipocresía, la deslealtad y un largo etcétera de calificativos que se podrían traer a colación. Entre otras cosas, porque es un insulto a miles de hombre y mujeres, muchos de ellos en la sombra, que trabajan diariamente con el corazón y sus ganas incansables para cambiar y mejorar la realidad que nos ha tocado vivir. Porque la militancia no se hace en un atril auto televisado; o fotografiando churrascos y caviar de Beluga; o mostrando al gran público la imagen propia como obligada idolatría, se hace a pie de calle, con los verdaderos problemas de la gente, en una escucha activa del otro, a favor de los más desprotegidos, dispuestos a olvidarse de uno mismo para converger en los demás.
Por lo tanto, no me toquen mi partido, ni a mi gente. Y, de hacerlo, que sea constructivamente y en los foros adecuados porque, sino, va a parecer que le estamos confeccionando los titulares a la web del PP. Y no están los tiempos para ejercer de equilibristas o veletas. Trabajo e implicación, máxime cuando se escucha el peligroso e incesante run run de la derecha extrema. ¿O es qué aún no nos hemos dado cuenta?…